Lo que pensé cuando leí La muerte de un viajante, en tren

Definitivamente el tren es mi medio de transporte, se puso en movimiento y yo ya me sentía en casa. También influye el hecho de que encuentre en los alrededores de toda estación algo de mí: no sé si son las tiendas de antiguallas con carteles de “oferta” desgastados y de escaso efecto, las callejuelas inexploradas que solo se me presentan apetecibles cuando voy con prisa porque perderé el tren… Puede ser también, que en esta ocasión la estación fuera la isla perfecta, a la que necesitaba llegar para irme un poco más lejos.

Sea como fuere, yo estaba allí y me quedaban cuatro horas de viaje hasta Madrid. Tenía el viejo Ipod, uno de mis mejores compañeros, que me conoce casi tanto como unos buenos versos, pero también tenía un libro en mi mochila, desconocido y de título oportuno. Empecé a leer, y horas después, lo acabé. Solo levanté la vista un poco, de vez en cuando, para asegurarme de que Willy no estaba a mi lado, patético, tratando de hacerme ver, a mi también, que si no le gustas a todo el mundo no eres nadie.

Me pareció una obra decadente, agónica, amarga por lo real y constantemente reveladora. Pasado y presente fundidos: el pasado que, modificado, trata de explicar lo presente; un presente lamentándose de lo pasado y encerrado en el intento de brillar en el futuro. 

Es gris, es ácida y es pérdida; la pérdida tratada desde diferentes esquinas: la pérdida del materialismo, de las obcecaciones cotidianas, la pérdida del consumismo, del ritmo feroz en el que aceptamos vivir, del “fui, soy, seré”. A pesar de esto, también creo que es una obra optimista, pues, son bellas las voces que nos recuerdan la importancia de ser, creer y valorar, de no vivir siempre sedientos de más, ciegos ante lo que tenemos y desconocemos.

Disfruté mucho en la última reunión porque hablar con gente así, me hace darme cuenta de qué gran maestra es la literatura y de que los lectores tenemos un papel fundamental: el de descubrir todo y a la vez nada, el de exprimir detalles, llegar a conclusiones nada cerradas pero que, compartidas, tanto abren la mente.

Greeskin

De cómo casi mato la lectura de La muerte de un viajante

La muerte de un viajante no me estaba mirando desde la estantería. La muerte de un viajante no me miraba desde la estantería. No tenía tiempo. (¡El tiempo no existe, Sar! ¡Tú lo dices! Cualquiera que me lea un poco o me conozca sabrá que es una constante en mi vida). Cuando me han regalado libros, o me los he comprado, si aún no los he leído tengo la impresión de que me clavan sus ojos. Como cuando te giras intentando ver quién te está mirando y no hay nadie. Lo mismo, pero con libros acusadores.

Como no sentía esa presión, no tenía el libro, no podía conseguirlo, me desanimé un poco. Sigamos con la caricatura mental que tenía de mí en esos momentos: alguien rodeado completamente por los libros, los apuntes, los trabajos, con castillos hechos de letras, con ordenadores intentando redactar algo coherente, con humo saliendo de la cabeza. (Lo que nunca me expliqué es por qué en esas caricaturas de persona de negocios con humo en la cabeza no sale el pelo chamuscado).

Cuando los estudios me derrotan, tengo un proceso psicosomático interesante. Algo así como que enfermo porque me estreso, y como no puedo estudiar porque enfermo, los nervios me atacan mejor y me pongo peor. Pues estaba entrando en ese magnífico proceso que tenemos los estudiantes pesimistas (o tal vez los pesimistas a secas).

«¿Por qué no vienes?»

«Tengo cosas que hacer».

«Veeeeeeeeeeen».

«Creo que me estoy poniendo mal».

«Pero…».

Pero Sar estaba intentando esconderse en su búnker, no se fuera a desmoronar el mundo a sus pies. Pero Sar estaba huyendo, o corriendo, o cubriéndose con una manta, u ocultándose debajo de sus apuntes. A Sar le parecía que el tiempo inexistente podía desaparecer de sus manos para que todo lo que tenía que hacer se precipitara al futuro. A Sar le parecía que no valía la pena sentir si eso significaba suspender.

Sar se estaba volviendo, claramente, idiota. Y ante la insistencia de tan magníficas personas, la comprensión de otras y la incomprensión del resto, tuve que dirigir de nuevo mis pasos al Paraíso. Al fin y al cabo, ¿dónde se puede estar mejor un jueves por la tarde?

Esa chispa de confianza entre los que llevamos ahí desde principio de curso, la ilusión que crece cada vez que aparece alguien nuevo, la esperanza de descubrir, entre nuestras propias palabras, una nueva visión de la obra leída, eso, ¿quién me lo puede quitar? Ni el pesimismo, ni la desolación, ni un huracán, ni una crítica. Señores, lo importante en la vida es inmaterial. Señores, lo importante en la vida se puede encontrar comentando libros con tus amigos. Al menos, una parte.

Convertir la lectura, tan agradable, pero solitaria, en algo que se puede compartir es una experiencia que no había vivido demasiadas veces. Poder renovar de una vez mi biblioteca, que parece haberse quedado en gran parte en la adolescencia, es algo demasiado bueno como para dejarlo pasar.

Cada vez que salgo de ese café, después de haber hablado con los lectores, a mi cabeza llegan miles de ideas para poder seguir escribiendo, inventando historias disparatadas o coherentes. La sensación de tener todo lo necesario para escribir al alcance de la mano no la consigo de cualquier manera, en serio lo digo. Lo que ellos hacen, señores, es magia. Consiguen que el ambiente se cargue de algo mágico, de inteligencia, de arte, de risas y bromas. A su lado, el mundo de la literatura puede caer a tus pies. A su lado, los personajes de los libros leídos pueden ir a visitarnos al café.

Ni la mejor puesta de sol, te lo prometo, se puede comparar a esto.

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Sar Austen

5.

De repente le di un beso en la boca y me recosté contra su pecho, ante la cara de incredulidad de su mujer. Claro que me había propuesto no volver a amar a nadie, claro que a ella le habría prometido que lo dejaría pasado un tiempo, claro que, al final, sí era una de esas.

Cuando su mujer vino a pedirme ayuda, no estuve segura de aceptar al principio. Le dije que ya vería. Pero al encontrármelo allí, en la cafetería, tan de improvisto, sentí la necesidad de que me volvieran a tratar como la persona que era, no como simple mercancía. Por eso el plan había salido bien, pero no de la forma que esperaba.

Todo habría sido relativamente idílico si mi beso hubiera sido espontáneo, aunque tuviera que aguantar la mirada de esa mujer que parecía un león hambriento. Sus ojos mostraban demasiadas copas, sus manos demostraban demasiados escritos con pluma, su pose demostraba que, aunque quería que él desapareciera de su vista, también se sentiría dolida por su futura felicidad.

De todos modos, tenía que sumar a esos ojos los pasos que seguía oyendo sobre el suelo, los que eran un aviso tardío de lo que acababa de ver mientras, tras mi última frase, mi acompañante me miraba asombrado de que le hubiera revelado a su mujer esa información. Los pasos parecían amortiguarse, pero ni tan siquiera me atrevía a volver a incorporarme del todo mientras los pudiera imaginar en la lejanía.

—¿Entonces qué?

La mujer me miró confusa, mientras yo echaba una rápida ojeada alrededor. Al parecer, por mucho que huyera, por mucho que cambiara de residencia, por muchos nombres inventados que dijera y muchas historias falsas que contara, ellos siempre volverían a aparecer, como salidos de la nada. Debería haber aprendido que nunca podría huir, que jamás lograría refugiarme de mi pasado.

—Entonces nada.

Me levanté rápidamente y él me siguió sin dudarlo, tal vez acordándose de que de una vez por todas se sentía a gusto en los brazos de alguien. Su mujer guardó su dinero, con un movimiento de muñeca, en la libreta roja que siempre llevaba. «Ilusiones vanas de una escritora cobarde», así lo había definido él en una de esas pocas noches que habíamos compartido.

Mientras atravesábamos el mercado turístico que se celebraba cerca de la playa, él ralentizó el paso, como si, de una vez por todas, la isla hubiera hecho algún efecto en su personalidad. Miró con ojos brillantes los colores del lugar y me preguntó si quería pasear por allí, donde podríamos encontrar pequeños recuerdos que atesorar, pequeños olores que se olvidarían aunque los quisiéramos recordar, pequeñas conversaciones con los habitantes de aquel lugar.

Intenté sonreír, sin conseguirlo demasiado, y asentí con la cabeza. Entre tanta gente, ellos no me podrían encontrar. Entre tanta gente, ni tan siquiera se podrían acercar. Sin embargo, el problema es que no sabía qué hacer después de salir de esa situación. No sabía si podía confiar en él o no. No sabía si debería huir una vez más o me podría quedar.